Introducción a la economía
“Buenos días señores, señoritas, repetidores varios. Soy Edward
Redmond, profesor titular de Historía de la economía I. Algunos de
ustedes habrán oído que la universidad no es lo que al principio uno
pudiera pensar. No se alarmen. No me refiero a las fiestas y juergas. En
eso pueden estar ustedes tranquilos. Me refiero a los contenidos
académicos. Quizás muchos de ustedes eligieran cursar Económicas debido a
una habilidad innata para las matemáticas. Lamento decirles que esto no
es calculo. Quién sabe, están a tiempo de arrepentirse. Ustedes,
influenciados por la educación básica, que no es otra cosa que una purga
para separar a los mediocres de los válidos, creerán que los números
no engañan. Si esta premisa fuera cierta no habría trabajo ni para mí,
ni para ninguno de ustedes. Porque la economía no son solamente números,
balances y contabilidades. La economía es una ciencia oscura, aplicable
a todas las índoles del ser humano. Existe una economía monetaria, una
economía de recursos, del lenguaje, y aunque no se lo crean, existe una
economía sexual. Pero en lo que a nosotros nos concierne, supone el
método de aprovechar las oportunidades, de cuantificar las potenciales
ganancias, prevenir los riesgos y saber retirarse a tiempo. Es una
disciplina de predicción, de conocimiento del medio y del ser humano,
sobre todo de las carencias del ser humano. Pero eso es algo que,
lamentablemente, la universidad no les va a enseñar, sencillamente,
porque es imposible. Es algo innato, que se tiene o no se tiene.
Instinto de supremacía, lo llaman algunos teóricos. Lo que les voy a
decir a continuación tal vez ahora les parezca muy lejano, algún día
muchos de ustedes estará en lo más alto de las finanzas y en la cima del
mundo empresarial de los Estados Unidos. Lo cual equivale a estar en la
cima del mundo y ver a los demás mortales como si de hormigas se
trataran. Ese día comprenderán, señores y señoritas, que la economía no
es un trabajo como lo pueden ser otros, la economía es una
responsabilidad con ustedes, sus familias, su país y el mundo entero.
Imagino que estarán pensando que este viejo solemne chochea. Pero !Ay de
ustedes y de las almas de los que olviden estas palabras¡.
Ya está. Prometo no volver a sermonearles, a menos de que me vea
obligado a ello, en lo que queda de cuatrimestre. Les ruego que a partir
de ahora me llamen Edward, me hace sentirme joven. Hagan el favor de
abrir sus manuales en la página 25. Por cierto, bienvenidos a
Princeton”.
Alejandro Giménez Robres
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