Resopló. Las
horas en aquella aldea pasaban con demasiada lentitud, comparable a
cuando aguardas tu turno en la sala de espera de un
hospital. La única “diversión” que uno podía hallar en este pueblo
aislado era un sinfín de árboles y rocas que formaban un terreno
escarpado. Pero cuando ya llevabas dos días explorándolo toda
novedad y mínima posibilidad de recreo se desvanecían dejando en su
lugar un sentimiento tedioso.
“Es un
castigo”, había dicho ella con sus notas, todavía, en la mano, “tal vez
dos meses con tus abuelos te haga recapacitar”. ¡Y una mierda!
Ella sabía perfectamente cuanto odiaba esta aburrida aldea, que tan
sólo lograba enfurecerlo más, pero aún así lo obligaba a volver en
repetidas ocasiones. ¿Y con qué derecho lo hacía? Aunque
actuase como una madre ambos sabían que ningún lazo de sangre los
unía. Nunca se había sentido uno más de la familia, ni por un solo
segundo.
Resopló de
nuevo al pensar en ello. Enfurecido, descargó su ira sobre una piedra
que desapareció en la lejanía, entre las espesas copas de
los árboles que bañaban el bosque.
— Estás enfadado— afirmó una melodiosa voz a sus espaldas.
Rápidamente se
giró para hallar al emisor de aquel mensaje, pero en lugar de eso se
encontró con una niebla tan espesa que le impedía ver más
allá de dos metros. Extrañado y con la vaga sensación de que había
sido producto de su imaginación se volvió para continuar su camino.
En poco tiempo
llegó a un gran lago de aguas tan cristalinas que los mismos árboles se
reflejaban en ellas como si de un espejo se tratase.
Con un suspiro se desplomó en el suelo a un lado del lago. Aquel
lugar lo relajaba.
— Se te ve
angustiado— el sonido de la voz melodiosa lo sobresaltó. Pasó su mirada
de un lado a otro en busca del hablante y de nuevo tan
solo encontró una neblina en su lugar—. Aquí— reclamó la voz.
El joven miró al lago. Al ver al ser que había emitido aquellas palabras retrocedió un poco asustado. Ella tan sólo sonrió.
Sobre el lago
se encontraba una mujer sonriente que lo observaba con curiosidad.
Poseía un largo cabello del color de la nieve que hacía
juego con su piel pálida. Sus ojos, enmarcados por largas pestañas
blancas, eran de un intenso color zafiro, tan intenso que parecía
mágico. A pesar de sus rasgos afilados la joven poseía una
gran belleza que se intensificaba con la sonrisa placentera que se
dibujaba en su rostro.
Pero no era
eso lo que llamaba la atención del joven. Ella, de puntillas, flotaba
sobre el lago como si del mismo aire se tratase. No se
hundía ni perturbaba el movimiento de las aguas. Tan sólo se posaba
en ellas sin molestarlas.
— ¿Q-quién eres?— alcanzó a preguntar el joven.
Ella sonrió.
Comenzó a andar lentamente hacia él. Al principio este retrocedió, pero
al ver los gráciles movimientos de la joven él se detuvo
y entrecerró los ojos observándola, como si admirase los movimientos
de esta. Caminaba de puntillas, con unas zapatillas de ballet de un
tono beis cubriendo sus pies. Se movía con gracia y
delicadeza, como si estuviera realizando la danza más compleja y
bella que se pudiera llevar a cabo sobre un escenario.
— Me llamo
Elziah— el sonido de su voz despertó al joven, quien que se había
quedado embelesado por sus movimientos—. Y soy la reina de un
mundo en el cual la música y la danza marcan las normas que rigen mi
imperio—le tendió la mano—. Ven conmigo.
Él pensó en
cuanto dejaría atrás si se marchaba con ella y, si alguna vez había
existido alguna duda, se disipó al divagar en aquella idea.
Una sonrisa se dibujó en su rostro y miró a Elziah, quien aguardaba
ansiadamente que tomase su mano.
Y él, sin dudarlo, lo hizo.
Noah Lloil
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