Fraga en la memoria (¿histórica?)
El juicio sobre Manuel Fraga
Iribarne está condicionado por la apuesta personal de cada uno sobre la
Transición. El cedazo para tratar a quienes colaboraron con el
franquismo y se incorporaron a la democracia es de agujeros móviles en
funciones de convenciones que establece, en ocasiones, que unos
franquistas originarios sean respetables y otros no. Ahí tenemos a el
Rey de España que fue designado directamente por el dictador y que ahora
es respetado por la inmensa mayoría e los españoles.
El último falangista que se murió a
tiempo fue José Antonio Samaranch. Nadie le reprochó en vida su uniforme
y su pasado de jefe del Movimiento. Su poder eclipsó las fotografías de
media vida en chaqueta blanca, camisa azul y boina roja. Tal vez porque
el poder olímpico es un poder tan importante que traspasa los filtros
de la memoria hasta fundirse para diluirse en héroe de Cataluña con
funeral casi de estado. Incluido el poder nacionalista que le perdonó
A Manuel Fraga Iribarne le ha
sorprendido la muerte cuando las redacciones estaban cerrando. Sus
obituarios, como es preceptivo en todo periódico que se precie, estaban
acompasados a la evolución de su enfermedad. Pero no había consenso en
la orientación de cómo debía ser presentado para las primeras crónicas,
porque hay dos generaciones en el puesto del mando de las redacciones.
Los veteranos vivieron la transición y la “ruptura democrática pactada”.
Los jóvenes quieres ser antifranquistas retroactivos, que es una causa
sin riesgo que gratifica mediante la entonación de un heroísmo
imposible. Cuando fue compilido luchar contra Franco es cuando estaba
vivo. Ahora es una batallita de hazañas bélicas.
Aunque haya quien no quiera, Manuel
Fraga es un padre de la Constitución. Y uno de los líderes políticos que
pilotó este barco llamado España desde la dictadura a la democracia.
Con su autoritarismo genético y su Estado en la cabeza; con sus ironías y
sus desplantes. Con su talento dialectito y su imposibilidad de
callarse nada cuando todo podía ser dicho, es decir, cuando se acabó la
dictadura a la que con tanto pasión y durante tantos años sirvió.
Adecuar la “Memoria Histórica” a Manuel
Fraga Iribarne promueve desencuentros insuperables. Santiago Carrillo,
después de la legalización del Partido Comunista de España, lo trató con
la misma consideración que lo hizo Fraga con él. La presentación de
Carrillo en la sociedad política del momento la hizo Manuel Fraga en el
Club Siglo XXI. Y ese dueto ha sonado a menudo en los últimos treinta
años. Eran los dos polos de odios cruzados entre los que consideran a
Carrillo responsable de los asesinatos de Paracuellos y los que no le
perdonan a Fraga haber sido ministro del dictador en la época en la que
se firmaban sentencias de muerte.
Hacer una síntesis sin ofender a nadie
es tarea imposible. Porque en esencia la Historia es una y la memoria es
personal, incluso la “Memoria Histórica” en contra de los designios de
José Luis Rodríguez Zapatero en su entusiasmo por empezar las cosas y
no terminarlas nunca.
Es cierto que Manuel Fraga llevaba el demonio autoritario de la “calle es mía”,
de la responsabilidad directa, nunca ejercida, de los asesinatos de
Montejurra diseñados desde su ministerio de la Gobernación. Los obreros
muertos en Vitoria y tantas actuaciones de orden público fuera de la
lógica democrática forman parte de su biografía.
Pero Fraga es, además, ponente
constitucional. Probablemente sin Fraga no se hubiera podido desmontar
el franquismo político organizado porque su presencia en el parlamento
era un disolvente de la extrema derecha. Aquella primera Alianza Popular
de los “siete magníficos” cuyo póster electoral parecía un reclamo del
museo de los horrores fue un cortafuegos para que el Movimiento Nacional
se metiera en la Carrera de los Jerónimos.
Él designó personalmente a José María
Aznar presidente del PP. El agradecimiento de aquel joven Aznar hacia su
mentor era tan grande que entregó una carta de dimisión firmada sin
fecha que con gran energía despedazo quien todavía era presidente del
Partido Popular delante de su protector. Fue una historia entre antiguos
-y no tan antiguos- falangistas.
Tenía “don Manuel” –que era como le
llamaban quienes le consentían todo- una última palabra sin réplica
posible, porque no estaba dispuesto a conceder a nadie razón distinta de
la suya. Ahora, probablemente, toca darle leña al difunto. Es este
sustancialmente un país donde los cobardes se toman la revancha con los
muertos a quienes no se atrevieron a chistar en vida.
Manuel Fraga forma parte de la historia
de la transición, que es esencia desde donde se ha construido el
futuro. Como ahora no es fácil tener una causa por la que luchar,
destrozar la transición y arremeter contra los muertos, es un deporte
sin riesgo con muchos practicantes de los previstos. Es esta una
democracia que tiene pocos que la defiendan en proyectos de futuro; en
cambio proliferan los voluntarios de un antifranquismo imposible porque
ya no existe.
Los que denuestan a Fraga por franquista
tienen un serio problema. Arbitrar un filtro de la memoria para las
excepciones tolerables en quienes tienen sus raíces histórica en el
franquismo. ¿Cómo repudiar a Fraga y admitir al Rey.
Los dos juraron los principios del
Movimiento y los dos apuntalaron durante tiempo la dictadura; además, el
Rey, lo fue en origen porque Franco lo designo.
La Constitución ampara a Fraga y al Rey.
El primero la redacto; el segundo la promulgó y además consiguió
legitimarse como jefe del Estado.
En Los últimos tiempos la salud de Fraga
le obligaba a navegar con golpes de caderas a babor y a estribor. Su
voz potente se hizo un susurro, pero siempre incontestable. La muerte de
Manuel Fraga ha cumplido un último servicio al país –España- en el que
para mal, y también para bien, consumió su vida. Descanse para siempre y
que su memoria encuentre paz entre quienes lo respetaban y entre
quienes lo denostaban.
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