Pensamientos de un adolescente en apuros
Tengo catorce años, y sí, estoy
cansado de vivir. Tan joven y tan viejo. Cansado y perdido. Sólo, y
a la vez rodeado de gente.
Estaré enfermo, o será algo por lo
que pasa todo el mundo cuando se hace “mayor”. En realidad creo
que todo el mundo siente lo que yo siento, pero se han cansado de
sufrir. Yo no, yo soy un héroe, y les voy a enseñar a todos la
gravedad de su ceguera. Porque todo ciego es cómplice, responsable a
su modo de la barbarie llamada humanidad.
Últimamente siempre que enciendo la
tele, me encuentro con sucesos que siento como míos; guerras,
suicidios, diferencias insalvables. No se si es una ilusión propia
de mi edad, pero creo que si todos fueran como yo, el mundo sería un
sitio mejor en el que vivir.
Deben de ser las nueve de la mañana,
los rayos del sol entran por los agujeritos de la persiana que
siempre dejo un poco abierta. Me gusta esa sensación de la luz de la
mañana entrando por la ventana, me ayuda a despertarme con buen
humor. Siempre me quedo un rato tumbado después de que suene el
despertador.
Fuera ya se escuchan ruidos, mi madre
debe de estar limpiando, como cada día, como todos los días, la
casa. Le encanta tenerla limpia, excesivamente limpia, para mi
opinión. Desde que ella y mi padre no se hablan, utiliza la limpieza
como modo de evasión. Cuando no está en el trabajo, limpia en casa,
o se entretiene con esos programas de cotilleos. Mi padre utiliza los
juegos de cartas del ordenador.
A mi para evadirme me gusta fumar
porros, y estar con los colegas, con ellos me siento bien. Eso y
masturbarme. Cada vez que me inunda la angustia, me hago una paja. Me
encanta leer esas historias que traen las revistas porno, pero no me
gustan las que hablan de una lascivia incontenida, más o menos como
la que se ve en las películas, sino que me gustan los relatos en los
que me puedo imaginar que soy yo al que le pasa tal o cual peripecia,
como en una que leí el otro día en la que un chaval se lo montaba
con su tía, entradita en carnes. Era su tía la que se metía en su
cama todas las noches cuando su tío dormía. Eso me pone a cien.
Me levanto, voy
directo al baño, y la primera meada que echo es enormemente
placentera. Me lavo la cara con abundante agua, me paso unos cinco
minutos mojándome, junto las palmas de las manos, las pongo debajo
del chorro, que vierte agua lentamente, y cuando están completamente
llenas, me la echo por la cara; es un pequeño placer que me encanta
experimentar. Nunca me peino, lo que hago es remover el poco pelo que
tengo con las manos hasta que consigo que no parezca que me acabo de
levantar.
Si tengo suerte, y
no he cometido ningún descuido accidental que transgreda las
exigentes reglas impuestas por mi madre para con el glorioso orden de
la casa, tendré un desayuno en paz. Podré calentar la leche con
colacao en el microondas sin ser obligado a aguantar toda una
retahíla de reproches que penden en la delgada linea entre lo
insidioso y lo justo. Sí, parece que esta vez estoy de suerte, mi
madre me ha visto, y me ha dado los buenos días con una sonrisa en
la boca, semeja que está contenta, “!bien¡” pienso para mis
adentros, y le devuelvo la sonrisa que mejor me sale en estas
circunstancias (suelo levantarme con buen humor, pero con pocas ganas
de relacionarme con nadie).
Os preguntareis el
por qué de mi apatía para con la vida, para con los vivos, si es
que realmente están vivos, si es que realmente estáis vivos. Dudo
que realmente estemos aprovechando la vida como se merece. Dudo que
en verdad seamos la esencia que nuestra individualidad nos impone,
con gran benevolencia. Somos pequeños dictadores para con nuestra
existencia, sensible y delicada como una gota de rocío. Porque en el
fondo todos buscamos vivir desde nuestro ego, ese personajillo
diminuto, que lo abarca todo (lo que puede), pero no se realiza en
nada.
Por eso me hundo
en las drogas, y por eso me gustan mis amigos, porque ellos sienten
lo mismo que yo, aunque no lo expresen. Porque ellos se dan cuenta de
la ausencia de futuro, y de presente, que inunda nuestras vidas, y
las de nuestros padres, y así sucesivamente, hasta llegar a lo más
alto de la pirámide, que es el estado, y la civilización actual.
A veces deseo que
halla una hecatombe que haga sucumbir los cimientos de la vida tal y
como la conocemos, y que solo quede eso, un presente limpio de
impurezas, o de impurezas que se sepan tales, que no se crean la
punta de la evolución por el simple hecho de creérselo, cegadas por
el brillo de lo artificial. Pero nada de esto pasará. Todo seguirá
igual. Un presente negro, sin valor real, todo corrompido por la
necesidad muerta.
Solo nos queda la
libertad individual, y empiezo a darme cuenta de que es lo único que
determina la belleza o no de nuestro tránsito vital. No podemos
vivir a expensas de una colectividad defraudadora que nos catapulta
hacia el autoengaño... continuará
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